"Mi dolor de exilio es tan grande que cubre todo mi cuerpo.

Muevo un dedo del pie y sufro".

Lejos de casa


Recordando a Anita Giménez, por Viviana Marcela Iriart, 11 de abril de 2011







Anita Giménez fue abogada, dirigente estudiantil, actriz de teatro y cine, empresaria artística, dueña de Contemporánea Producción Artística, una gran luchadora. Vivió en Argentina, Venezuela y España. Nació en Argentina a mediados de los años 40, signo géminis,  y murió en Madrid el 12 de marzo de 2011.

Anita fue fundadora y primera actriz, en los años 60,  del grupo teatral   El Juglar junto a su famoso hermano menor  Carlos Giménez,  grupo que irrumpe de manera revolucionaria en el panorama teatral argentino, realizando obras de teatro premiadas en el extranjero y en Córdoba, consiguiendo tener su propia sala y un éxito tal de público que financiaba con la taquilla sus múltiples montajes anuales, presentando dos y a veces hasta tres funciones diarias. En la Sala El Juglar funcionaba también La Casa del Teatro y el grupo, integrado por gente joven, contaba con el apoyo de Doña Carmen,  madre de Anita y Carlos, que también había sido actriz y que era la realizadora  de vestuario.

Con El Juglar Anita  realizó una exitosa gira por Francia y Polonia en 1965 con las obras Las Trompetas y las Aguilasganadora del premio Mención Especial en el Festival de Teatro de Nancy, Francia, y  El Otro Judasganadora del   Primer Premio y  Mención de Honor  en los festivales de teatro de Cracovia  y Varsovia respectivamente, en Polonia, otorgados por  el ITI (Instituto Internacional de Teatro). También ganaron varios premios en Córdoba y realizaron temporada en Buenos Aires, en una época en que no era fácil para un grupo de provincia girar por Europa ni presentarse en Buenos Aires. Fue recibida, junto con El Juglar, por el presidente de Argentina Arturo Illia, para entregarle el subsidio con el que viajaron a los festivales europeos.

Anita actuó en las siguientes obras, todas dirigidas por Carlos Giménez menos "Las Trompetas..:":  El otro judas de Abelardo Castillo, Las Trompetas y las Aguilas de Gabriel Rúa, Ardele o a Margarita de Jean Anohuil , El gran circo Aracarta de Madeleine  Barbulee, Tres actores un drama de Michel  Ghelderode, Remedio para Melancólicos de Ray Bradbury, Federico en persona de García Lorca,  Antígona de Jean Anohuil, El diputado está triste de Arnaldo Calveyra, Cementerio de Automóviles de Fernando Arrabal y  La Partida de Beckett.


En cine protagonizó el cortometraje Crisis, dirigido por Héctor Moragues, que participó en diferentes festivales de cine de Argentina y del extranjero y estoy segura de que actuó en varias películas más cuyos nombres se han perdido en la historia porque Anita no guardó nada de su época de actriz, aunque recordaba esos años con mucho cariño.

Anita también fue una valiente dirigente estudiantil en una época en que no era fácil para una mujer ser dirigente de nada, logrando con su lucha cambios importantes, vigentes hasta el día de hoy, a favor del estudiantado.

Anita abandona la profesión de actriz  al recibirse de abogada y casarse con el locutor Percy Llanos con el que tiene dos hijas, las periodistas Mariana y Ana Gabriela. En 1982  se radica en Caracas, donde inicia una nueva etapa en su vida, integrándose al Festival Internacional de Teatro de Caracas (FITC) en 1983 y al Ateneo de Caracas como Secretaria Ejecutiva. En 1984 se convierte en una de las empresarias artísticas más importantes del mundo con su empresa Contemporánea Producción Artística, que presentó en Venezuela y América Latina a grandes artistas de la escena mundial como  Marcel Marceu, Mercedes Sosa, Bolshoi,  Julio Bocca, Susana Rinaldi, Teatro Negro de Praga...

Anita era famosa por su belleza, su inteligencia, su simpatía y sus "prontos": arranques de ira cuando algo le molestaba mucho, arranques en donde sus dotes de actriz volvían a aparecer aterrorizando a quienes estaban a su alrededor. Sus "prontos", por suerte, duraban poco. También era famosa por sus despites: un día fue a una importante reunión empresarial en el Teatro Teresa Carreño con zapatos de modelos diferentes; otro día se metió en un carro ajeno pensando que era el suyo (y el hombre que lo manejaba con gusto quiso a llevarla a donde ella quería) ; en un restaurant pidió entrada y sin dejar de mirar la carta agregó: "y de salida quiero..." y las carcajadas estallaron a su alrededor.

Anita era una amiga maravillosa, siempre dispuesta a escuchar y a dar una mano. Una amiga que enseñaba sin enseñar. Era humilde con su inteligencia, con sus logros y ni siquiera alardeaba de su belleza. 

Soñaba con pasar su vejez en una casita en las sierras cordobesas junto con su hermana Norma, Carlos ya había muerto, y todos los sábados que Percy estaba de gira matábamos la nostalgia viendo juntas "Siglo XX Cambalache", el programa argentino que conducían Teté Coustarout y Fernando Bravo, que pasaban por cable: tomando mate, comiendo delicias venezolanas, acostadas en su cama matrimonial.  Anita sentía nostalgia de Argentina pero decía que en Venezuela había renacido, había dejado de ser "de" y había vuelto a tener nombre y apellido: la esposa de, la madre de, la hermana de... Y por eso, y porque tenía un espíritu libre, amaba Venezuela y trataba de hablar en venezolano aunque nunca lo logró, pero eso no fue un impedimento para que las personas venezolanas la amaran.

Le encantaba leer y aunque leía de todo, tenía un libro de cabecera, La Colina de los conejos de Richard Adams, que era como su guía espiritual, y ante cualquier situación citaba pensamientos de los conejos: "Como decía Fiver, o Bigwig o....". 

Le encantaba la soledad, soledad en la que leía, pero era una gran y amena conversadora, aunque ella decía que a menudo rechazaba invitaciones de personas a las que conocía poco porque "no sé de qué conversar", y esto nos hacía reír, porque a Anita nunca le faltó tema de conversación. Pero Anita, a pesar de ser abogada, y esto se agradecía, nunca dictaba cátedra, nunca pretendía tener la verdad, nunca trataba de imponer su verdad: daba su opinión y  escuchaba opiniones diferentes a las suyas. 

Con Anita la risa estaba garantizada pero  ella no hacía nada para ser graciosa: simplemente hacía o decía cosas que hacían reír. Tenía una sonrisa hermosa pero un punto de tristeza siempre estuvo anclado en el fondo de sus ojos.


Querida Anita, te fuiste pero sigues aquí. Nunca te irás. 


11 de abril de 2011





Iz. a derecha: Presidente de Argentina, Arturo Illia, Anita Giménez,Cristina Cardozo (de espaldas), Eugenio Raschetti y Carlos Giménez, de espalda.
En la Casa Rosada, Buenos Aires, 1964. 


Anita Giménez y Jorge Arán en Ardele o la Margarita. Fuente: Jorge Arán




Programa de mano de El Cementerio de Automóviles. FuenteJorge Arán 


Anita, Julio Dahbar y Viviana Marcela Iriart,
 Hotel Tamanco, Caracas.



Mario Mezzacapo, Anita Giménez, Eugenio Raschetti, Susana Márquez
 y Carlos Giménez en Nancy, Francia, 1965
Fuente: Jorge Arán



Anita con Juan Loyola, Percy Llanos y Viviana Marcela Iriart



Le Monde, mayo 1965. Fuente: Jorge Arán


.
Anita Giménez



"Vale la pena ver a estos jóvenes, tienen talento" dijo la exigente crítica francesa", diario Clarín, Buenos Aires, septiembre 1965.





 Anita, Susana Rinaldi, Percy, Mariana, Gabriela, Viviana Marcela Iriart.
Foto tomada por Laura  Sánchez. Restaurant La Hosteria,
Caracas 31 de octubre de 1994








Carlos Giménez, Ángel Fernández Mateu, Anita Giménez.
Fuente: A. Fernández Mateu

Programa de mano de "El Otro Judas". Fuente: Jorge Arán


Anita  y el busto de Carlos Giménez,
Rajatabla, Caracas.




Iz. Anita Giménez (mirando para abajo),  Jorge Arán (al fondo). en la obra "Las  Trompetas
y las Aguilas", obra ganadora en el Festival de Nancy, Francia.  Fuente: Jorge Arán




 Anita con Susana Rinaldi, Laura Sánchez, Percy,
Mariana y Gabriela Llanos.
Caracas 31 octubre 1994.



Anita Giménez. Fuente Jorge Arán


Anita con Susana Rinaldi y Laura Sánchez





 Anita, Mariana, Gabriela, Viviana Marcela Iriart y amistades
festejando el fin de año en su apto. Caracas 1998.






Anita, Mariana, Ana Iriart, Viviana Marcela Iriart,  en su
apto. de Parque Central, Caracas 1985.


Anita graduándose de abogada, Córdoba.


Anita y Carlos Giménez, Córdoba.


 Anita con Marcel Marceau

 Anita con Marcel Marceau






Anita con Susana Rinaldi



Crítica de El diputado está triste




 Anita con Chavela Vargas y Sara Baras.



Beatriz Martinovsky (iz)  y Anita Giménez. en El Cementerio de Automóviles.
Fuente: 
Beatriz Chicha Martinovsky Anuch



 Anita con Verónica Dudavora


Anita Giménez, Beatriz Beatriz Martinovsky. Fuentes:  Beatriz Chicha Martinovsky Anuch



 Anita con Iñaki Urleazaga y María Teresa Castillo





 Anita con Alberto Cortéz


Programa de mano de La Partida. Fuente: Jorge Arán



 Anita con Cristina Hoyos




Anita con Facundo Cabral
















Recordando a Edgardo Greco, sobreviviente de la dictadura argentina, amante de la vida y de la libertad / Viviana Marcela Iriart, 24 de enero de 2020


“Hoy voy a perderme
entre las cosas olvidadas,
es morir dos veces
si de mí no queda nada,
mañana.
Yo no pido más
quiero ser
un buen recuerdo
alguna vez”
(Carmen Guzmán-Mandy)
Edgardo Greco, arrodillado, y yo, en Costa Rica, 
enero 1981, y dos compañeros argentinos exiliados



Edgardo era optimista, amable, amoroso, soñador, pacífico. Era periodista,  ex dirigente gremial, realizador de máscaras teatrales, militante de los derechos humanos, combatiente incansable de la dictadura argentina, hermano del artista plástico Alberto Greco, al quien siempre recordaba  con nostalgia: se había suicidado en 1964.  Sus máscaras eran tan buenas que, en 1984, fue convocado por el exigente y prestigioso director Carlos Giménez, para que realizara las de su imponente espectáculo La Máscara Frente al Espejo.

Edgardo nunca hablaba de lo que la dictadura le había hecho. Pero un día, un único día, quién sabe por qué, me contó muy escuetamente parte de su historia y un "traslado". Fue un día de 1980 y todavía lo recuerdo.  Edgardo contó sin dramatismo, sin quejarse, como quien cuenta un cuento que le pasó a otro. Sólo al final sus ojos se pusieron un poco tristes.  Lo subieron a un avión, esposado de pies y manos y lo encadenaron de manos, acostado,  al piso del avión, avión al que le habían sacado los asientos. “Tuve suerte” me dijo. Porque no lo lanzaron vivo al Río de la Plata, como era “costumbre” de la dictadura, sino que lo trasladaron de Buenos Aires a Córdoba. De un campo de concentración a otro.



Edgardo, izquierda, entrevistando a  Jorge Gody, dueño junto a
Aura Rivas de la galería "Viva México", Caracas. Fuente: Citlalli Godoy Rivas


Con Edgardo compartíamos la lucha contra la dictadura argentina. Pero no éramos combatientes políticos, no pertenecíamos a ninguna organización: éramos militantes de los derechos humanos.  Viajamos juntos a Costa Rica, en enero de 1981, al  Primer Congreso de Familiares de Detenidos-Desaparecidos de América Latina; trabajamos en la organización y participamos del Segundo Congreso de Familiares..., realizado en Caracas en noviembre del mismo año y trabajamos en la Coordinadora Pro Derechos Humanos en Argentina que funcionaba en Caracas, lugar en donde nos conocimos.  Todo ad-honorem, robándole horas al sueño y poniendo dinero de nuestros bolsillos.

Edgardo hizo, junto con mi amigo Julio Palavicini, también sobreviviente de la dictadura, menos tristes mis años de exilio.

Con su moto Vespa viajamos un día a La Guaira y otro, quiso enseñarme a manejarla, hasta que me estrellé contra un paredón dañando a la moto, Edgardo ni se inmutó,  y cambié de idea. Con esa moto recorrimos Caracas llevando gacetillas a los periódicos denunciando la situación argentina. Juntos hicimos artesanías en cuero que nadie quería comprar e inventamos mil proyectos laborales que nunca pudimos concretar;  íbamos a la playa, al cine y al teatro; tomábamos mate compartiendo esa yerba que tanto costaba conseguir (no había importación) y nos encantaba encontrarnos en la panadería para desayunar un rico guayoyo, negrito o marrón y un sabroso cachito.

De tanto en tanto, porque era muy caro, íbamos al kiosko internacional que estaba en la avenida Casanova y comprábamos, a medias, el diario Clarín, que entre líneas algo nos contaba de lo que pasaba en Argentina, y era tal nuestra nostalgia que leíamos…¡hasta los clasificados! Era tan caro el diario, o tal nuestra pobreza, que después de leído circulaba de mano en mano como si fuera un tesoro, y no se botaba, ¡los coleccionábamos! Porque en caso de ataque de nostalgia ahí estaban los diarios, como si fueran un pedacito de nuestra patria. Pero Edgardo, a diferencia de la mayoría, yo incluida, no sufría de nostalgia crónica y su alegría y su amor por Caracas eran un bálsamo entre tanto dolor.


Recuerdo un hermoso 31 de diciembre de 1981 que celebramos en mi “casa” de Las Mercedes (una galería de arte que yo cuidaba a cambio de una habitación), junto con amigos y amigas  venezolanas, argentinas  y de todas partes porque Caracas, en aquellos años,  era la capital del refugio latinoamericano y caribeño. Esa noche sacamos muchas fotos a las que el tiempo le ha ido borrando las imágenes, pero Edgardo sigue nítido en mi recuerdo.

Edgardo, que quizá era 20 años más grande que yo,  amaba a Venezuela, y eso no era tan frecuente en el exilio, y me enseñó a amarla y valorarla sin que yo me diera cuenta de que me estaba enseñando.




Edgardo, amigas, amigos  y yo en la playa, ¿Choroní? 1980 o 1981



Edgardo hacía de todo para sobrevivir, porque tenía dos hijas pequeñas (y una ex esposa encantadora) en Caracas,  pero el dinero  y el éxito siempre le fueron esquivos y pasó muchas dificultades económicas, tanto en Caracas como en Buenos Aires.

En Caracas vivía en una pensión miserable en San Agustín y en Buenos Aires le fue tan mal que un día se mató. La democracia argentina le debía mucho, pero la democracia nunca  pagó su deuda.

Edgardo fue un amigo muy leal. Cuando los compañeros de la Coordinadora Pro Derechos Humanos en Argentina me expulsaron (luchaban contra la dictadura pero querían imponer la suya), simplemente por expresar opiniones diferentes a las suyas en una reunión con las Madres de Plaza de Mayo, él fue de los pocos que se quedó a mi lado y que no se cruzaba de vereda cuando me lo encontraba en la calle: él me daba un abrazo. Y negó y rechazó tajantemente la infamia con la que esos compañeros pretendían hacer aún más difícil y doloroso mi exilio: ¡dijeron que yo era agente de la CIA! Y seguimos trabajando juntos contra la dictadura.

A Edgardo le debo también el poder haberle hecho juicio al Estado Argentino. Fue él quien me aconsejó, preocupado por un intento de secuestro que sufrí en 1980 en Caracas, que pidiera estatus de refugiada ante el ACNUR. Y lo hizo a pesar de que la “política oficial” del exilio era no pedir refugio. Confié en mi amigo. Y gracias a esa constancia de refugio, y al trabajo de mi abogada Elena Moreno, pude ganarle el juicio al Estado Argentino después de muchos años de lucha e infamia (y gracias también a la Corte Suprema de Justicia, que falló a mi favor la apelación interpuesta por el gobierno de Néstor Kirchner).

Edgardo, que había padecido un millón de sufrimientos más de los que yo padecí, murió sin  que el Estado le pidiera disculpas. Sin que la democracia le diera las gracias. Igual que  Julio Cortázar. Qué injusticia tan grande.


Edgardo sobrevivió a campos de concentración y cárcel en Argentina y exilio en Venezuela, sólo por querer un mundo mejor.  Su nombre estuvo en las Lista Negras de la dictadura hasta el final. Su única arma eran las palabras. Y sus palabras siempre fueron amables, conciliadoras,  amorosas.

¿Cuándo habrá en Argentina una placa que le recuerde?

24 de enero de 2020












Edgardo Greco entrevista a Viviana Marcela Iriart, Revista Ronda, Caracas, noviembre de 1985







La Larga  Noche de A. Rowinsky se estará presentando en la remozada sala Aveprote hasta mediados de diciembre, para luego volver en enero. Se trata de la obra ganadora del Concurso Internacional de Dramaturgia del Tercer Mundo 1985 convocado por el Centro Venezolano del Instituto Internacional de Teatro de la UNESCO.  Fue estrenada el mes pasado en Maracay, inaugurando la sala y sede del grupo La Misere, que dirige Ramón Lameda.

Las actuaciones de esta pieza, que analiza la problemática del exilio, están a cargo de Nelson Segré, Sonia Valle,  José Yovanne Monetta, Otto Rodríguez y Alberto Rowinsky, quien también dirige.

Los diseños están a cargo de Víctor Villavicencio (iluminación); José Luis Gómez Frá (escenografía y vestuario); Alfredo Rugeles (música); la producción es de Juancho Pinto y los asistentes de dirección Yovanne Monetta y Viviana Marcela Iriart.

Precisamente Viviana, que fue editora de las desaparecidas revistas especializadas “Intermedio” y “Primera Fila”, nos dice que Rowinsky, parodiando una frase de su obra, no es un ser común, es un hombre que ha sufrido el fascismo, que lo ha combatido y lo combate y al que un día le mostraron un naipe que decía destierro: “Nació en Uruguay, pero podría haber nacido en cualquier otro punto de América Latina y su historia no habría cambiado más que en pequeños matices, porque América Latina, ahora menos que antes ha sufrido, casi sin excepciones, el oprobio de regímenes fascistas".

No es la primera obra política de Rowinsky, ya que la “opera prima” fue  “Reunión de Muertos en Familia” presentada a finales del 83 en el marco del VI Festival Nacional de Teatro de Caracas (…)

Vuelve Viviana y nos dice que La Larga Noche “se puede sentir en dos planos perfectamente diferenciados el uno del otro. Por un lado, la denuncia del fascismo, escrita sin concesiones, y por el otro la crítica no exenta de cierta ternura, hacia aquellos intelectuales que no asumen un compromiso de lucha frente a las dictaduras”.  El mensaje es muy claro: libros sí, pero también hechos. Pero, y esto es importante, Rowinsky no condena a esos intelectuales. Más bien les hace un dulce llamado para que “tiendan sus manos y así, todos juntos, logremos que la larga noche sea enterrada al fin”.



Periodista argentino.
Sobreviviente de la dictadura argentina. 
Después de estar  en campos de concentración y cárceles,  fue exiliado a Venezuela por la dictadura de 1976. 
Su nombre estuvo en las "Listas Negras" de la dictadura hasta  1983.




















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